Cuando fui pequeño tuve un amigo,
y me sorprendían hablando solo
con ese invisible inventado niño;
lo abandoné entre bromistas odiosos.
Como aquel imaginario de Frida,
en el otro lado de su cristal,
por una letra de la lechería,
con su amiga para reír y bailar.
Amo el libro que fue premio en mi infancia,
con niñez en todos los personajes;
orientó para siempre mi mirada
hacia los mantos albos y radiantes.
Primero levanté una fe pensada,
proveniente de un lugar de mi ser;
después derivé a la oración del alma. . . ,
y no supe hacia dónde la llevé.
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Admito que nunca podré olvidar
el vivo resplandor que iluminó
y me hizo ver de manera fugaz
la salida abierta de la prisión.
Siento la amorosa antigua presencia
de una persona que no conocí;
visualizo también a mi maestra
viviendo lejos y cerca de aquí.
Voy hacia lo profundo de la vida
por senda habilitada desde ayer,
en escucha y buscando la armonía
es la manera de ir a trascender.
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Me muevo entre las escenas de Cristo
vibrando cual mágico diapasón;
mi anhelo es ser un emisario digno
y participar en la creación.
Inadvertido y cruzando alambradas,
buscando encontré el entorno preciso
del discurso del monte y explanada
que desde siempre en mí ya estaba inscrito.
Desde el misterioso iris de mi ser
brotan las fuentes de agua de la vida
con la misión de ir a desvanecer
las cicatrices de antiguas heridas.
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