El portal del templo (Del libro “La isla Tierra Tierra”)
Mi destino es ser vapuleado por toda clase de lluvias. La que viene del cielo, la que viene de los pordioseros ingratos que se descargan en mí, y la que viene de los carros policiales que, en tiempos difíciles, empujan la gente al templo.
Después de algunas horas el sol me encrespa. Así transcurre mi vida. La mayor parte del tiempo me siento inutilizado, sin fuerza, descompuesto, golpeado, tironeado, bloqueado.
Cuando miro hacia afuera siento la vida que quiere venir. Me gustaría ser vulnerable y dejar pasar a todos.
Cuando miro hacia dentro veo todo tan oscuro y silencioso, que me lleno de esa tristeza, tan conocida para mí.
Es un lugar desadaptado, que no se atreve a dejar que broten la alegría y el baile. Cada banco, cada vitral, cada cruz, apaga la danza y devuelve los cantos hasta las profundidades de los corazones.
Todo sigue siendo así y seguirá hasta que alguien se atreva a contagiar su risa y su llanto a los púlpitos, que antes fueran agresivos y prepotentes.
En los siglos transcurridos ha cambiado la vestidura de la gente, pero no su ropa lúgubre. Cambian los carruajes en que llegan los fieles, pero siguen llegando cerrados, como yo, y escondiendo las mismas cosas que yo. La vida sigue estando postergada.