Fidelidad a lo esencial
-¿Cuál es tu nombre?
-Antonio José. ¿Y el tuyo?
-John. Oye, Antonio, tu cara me parece haberla visto alguna vez.
-¿Sí? Pero yo a ti no creo haberte visto antes.
-Esa guerrera que tú usas es inconfundible.
-¿Es posible que hayas visto algún dibujo?
-Puede ser... ¿De qué país eras?
-Se podría decir que de muchos países, o acaso uno solo, América del Sur.
-¡Ah! Yo estuve en una ocasión visitando Sudamérica, y me interesé por aprender la historia de esos pueblos.
-Por ahí ha sido. O sea que tú eres mucho más joven que yo.
-Sí. Viví en el siglo XX.
-Y yo, al iniciarse el siglo XIX.
-¡Ah..., ya me acuerdo! Creo que te vi dibujado en una Galería de Libertadores.
-Muy posible, pues a eso me dediqué.
-Una enorme tarea. ¿Y...sabes? Yo fui Presidente de mi país. Un país grande de Norteamérica.
-¿Y cuáles eran tus temas y lemas?
-Luchar por la justicia y la paz.
-Tal como los míos. Yo fui Presidente de un sector de América del Sur, el Alto Perú, que después se llamó Bolivia. Pero eso fue después de la gran batalla de Ayacucho, la decisiva.
-Según he sabido, ahí cayó el último virrey colonizador.
-Y me correspondió comandar las tropas esa vez, a mis treinta años de edad, en ausencia de Simón, mi gran amigo y jefe.
-Creo que tenemos mucho en común.
-Pero no la época en que vivimos.
-Eso no importa. Nos movía la misma fuerza.
-Y seguramente ha de habernos arrastrado hacia dificultades enormes.
-Por lo menos a mí, sí.
-Y a mí también. ¿Tuviste tú un trágico fin?
-Así es. Hay tres balas que se disputan el haber logrado asesinarme.
-En mi caso, hay cuatro balas en discordia.
-¿También te asesinaron?
-Sí. Me tendieron una emboscada.
-¿Y cómo fue eso?
-Yo iba subiendo hacia Quito, a caballo, acompañado de unos pocos soldados y un par de arrieros.
-Hay cosas que nadie se imagina que podrían volver a pasar, pero siempre se las arreglan para ocurrir de nuevo.
-¿Dices "volver a pasar"... en tu país?
-Bueno, el asesinato de un Presidente ocurrió antes, con Lincoln. ¿Lo ubicas?
-No me parece haberlo escuchado nombrar.
-Entonces, sin duda, eres más antiguo que él.
-¿Quiénes eran tus adversarios políticos?
-Podría decirse que la extrema derecha... , pero... , más que adversarios políticos, hay intereses empresariales contra los que chocan los presidentes.
-Bueno, parece que antes ese aspecto no pesaba tanto.
-Es cada vez peor. A algunos les encanta atizar los conflictos, y que se armen guerras. ¿Y qué hay de los adversarios tuyos?
-Los únicos que tenía en esos años eran los que se oponían a la Unión de América del Sur.
-Ya veo... Unos tipos nefastos.
-¿Y cómo fue que te asesinaron?, ¿había alguna Fuerza de Seguridad..., me imagino?
-Yo iba en un coche abierto..., en la ciudad de Dallas. Después de mi muerte, yo me preguntaba "¿Cómo me atreví a eso?".
-¿En ningún momento sentiste que era un riesgo muy grande ir en coche abierto?
-Sólo por una breve fracción de segundo. Cuando vi que la marca del coche era "Lincoln" me vino como un presagio, pero lo deseché rápidamente. No atiné a darme cuenta que ahí había un mensaje para ser atendido.
-Así como la vida tiene un sentido, también la muerte tiene un sentido.
-Efectivamente. Quise ser fiel a ese pequeño trozo de divinidad que uno lleva dentro.
-¿Cómo así?
-No quise decirme lo que dicen muchos, descaradamente, "Si no lo hago yo lo va a hacer otro". Eso sería como comer de un fruto prohibido.
-¿Qué es eso que hizo otro porque tú no te prestaste para ello?
-Una guerra inútil.
-Ya veo. El sentido de mi muerte fue bien parecido. Nunca quise renunciar a la Unión de América del Sur. Otros lo hicieron. Es algo que iba a ocurrir de todas maneras.
-Bueno, Antonio José, espero que los países de América hispana se unan algún día, como tú hubieses querido.
-Gracias. Y yo espero que en tu país no vuelvan a armar una guerra inútil.
-Nos vemos.
-Nos vemos.
|