ARISTODEMO                    Un lugar literario
Diálogos insondables         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Creatividad

   -¡Buenos días, amigo!
   -¡Buenos días! ¿Cómo es que estás acá en el Hades?
   -Es inevitable que todos lleguemos algún día a este lugar que llamas Hades.
   -¿Tú no le llamas Hades?
   -No, porque en mi época ese nombre estaba muy desvirtuado. Muchos lo confundían con el infierno.
   -¿Infierno...? ¿Qué es eso?
   -Es un supuesto lugar de castigo y tormento.
   -Ese lugar es el Tártaro. Veo que fuimos de distinta época.
   -Distinta época y distinto lugar. Yo nací en Francia. . . Lo que antes era la Galia.
   -¡Ah! Yo nací en Siracusa, una colonia griega. ¿Cuál es tu nombre?
   -Julio. ¿Y el tuyo?
   -Arquímedes.
   -Yo aprendí acerca de tu época, tu gente, tu cultura.
   -En cambio, yo no sé nada de ti.
   -¿Por dónde empezar? Mi verdadero comienzo ocurrió al entrar en mi adolescencia. Escapé de mi casa y estuve a punto de embarcarme hacia el Oriente. Pero eso no resultó...
   -¿Por qué no resultó?
   -Yo estaba enamorado de una prima, mayor que yo. Le conté a ella mis planes, y le prometí que a la vuelta le compraría un collar de perlas.
   -¡Ah! Me imagino que ella habló más de la cuenta.
   -Posiblemente. Lo concreto es que mi padre me sacó del barco, poco antes de que éste zarpara.
   -Te ganaste un castigo...
   -Peor que eso. Me hizo jurar que nunca me embarcaría.
   -¡Qué lamentable! En cambio, mi padre influyó mucho en mi formación. Él era astrónomo. Me mandó a estudiar a Alejandría. Allí, en un grupo de trabajo estudiantil medimos la circunferencia terrestre.
   -¿Cómo pudieron lograr eso?
   -Había que medir la sombra de un palo vertical en dos puntos distintos de un mismo meridiano, teniendo en cuenta la distancia entre los puntos, medida según la cantidad de vueltas que daba la rueda de un carro al ir desde uno de los puntos hacia el otro.
   -¡Qué notable! Eso sí que es aventura.
   -Yo quería radicarme allí para siempre, pero tuve que volver a Siracusa para ocuparme de mi padre enfermo. Llegué a una Siracusa en guerra. Mi leal esclavo Marco permaneció en Alejandría, pues yo tenía la idea de volver.
   -Mi padre también me mandó a estudiar a una ciudad importante. París, en este caso, la capital. Él quería que yo estudiara Leyes, pero a mí me gustaba escribir..., ya que no podía ser marino.
   -Tú y tu padre estaban en franca oposición.
   -Sí. Accedí a irme a estudiar, para dejar de tener las continuas peleas de todos los días.
   -¿Y cómo te fue en ese estudio?
   -Muy bien. Yo era una máquina de leer. Pasaba horas enteras en bibliotecas, leyendo también acerca de aventuras, viajes y ciencia. Igual me titulé de abogado, pero no ejercí. Tampoco quise volver a la casa de mi padre.
   -Supongo que te dedicaste a escribir.
   -Por cierto. Pero, eso no me servía para vivir, al comienzo, tuve que trabajar en un teatro, y también haciendo clases particulares. Muchos años después llegué a ser famoso con mis novelas.
   -Por mi parte, fui un investigador. Lo que más me interesó es la matemática. Diseñé máquinas innovadoras. Yo admiraba a Euclides, el padre de la geometría.
   -Sé que también llegaste a ser famoso en vida.
   -Lo que me ayudó en eso fue que el rey de Siracusa era primo mío, mayor que yo. Una hermana de él, Delia, siempre me gustó, pero pasaron muchos años antes de que me animara a casarme con ella. Después tuvimos un hijo.
   -Me pasó algo parecido. Yo pertenecía a un club de solterones, hasta que me enamoré de una viuda y nos casamos. También tuvimos un hijo.
   -Yo había estado muy cómodo siendo soltero porque mi hermana menor, Filira, me cuidaba como si fuera mayor que yo. De esa época tengo una anécdota muy divertida.
   -Háblame de eso, y después te cuento una mía.
   -El rey quería saber si su corona tenía realmente la cantidad de oro que le había dicho el joyero. Me encargó calcularlo. Pensando en eso, mientras me bañaba, se me ocurrió cómo hacerlo. Observé que al meterme al agua, el nivel que ésta sube me sirve para calcular mi volumen.
   -Tu anécdota siguió siendo famosa por muchos siglos.
   -¿Sí? Comprendí que no me costaría nada hacer lo mismo con la corona. Y según el peso, que es muy fácil de obtener, llego a saber la densidad de la corona.
   -Con toda facilidad.
   -Con el problema resuelto en mi mente, me levanté de la tina muy contento diciendo "Lo he encontrado". Los vecinos deben haber alcanzado a verme pasar desnudo. Y mi hermana también.
   -¡Qué genial!
   -¿Y cuál es la tuya?
   -En el colegio en que estábamos cuando chicos, con mi hermano Paul, que éramos muy unidos, la profesora contaba la historia de una mujer que esperaba eternamente a su marido, capitán de barco, imaginando las peligrosas aventuras que le impedían regresar.
   -Tu veta marina...
   -Claro. Yo estaba fascinado porque ya me atraía la vida de los marineros. Siempre había querido llegar a ser uno de ellos. Después, ya de grande, escribí la historia de esa mujer, en que inventé los nombres y todos los detalles.
   -¡Qué importante es la infancia!
   -Muy cierto. De niño, me gustaba jugar al telégrafo, con un pequeño objeto para dar golpecitos. . .
   -Comprendo que "telégrafo" puede venir siendo algo así como "escribir hacia lejos", pero explícame un poco en qué consiste.
   -Sí. Eso es. Uno escribe en un lenguaje de golpecitos que van interrumpiendo una señal eléctrica.
   -¿Electro. . . ? ¿Podría ser algo con ámbar?
   -Sí. Más de una vez habrás frotado ámbar en una tela. . .
   -Sí. Y se libera una fuerza.
   -Justamente. Imagina también los rayos de las tormentas, pero domesticados.
   -¡Fascinante!
   -Por un alambre delgado, flexible, y muy largo, ese impulso eléctrico entrecortado puede llegar muy lejos.
   -Y recuperarse en el otro extremo.
   -Pero, en mi juego de niño el cable no tenía más extensión que unas cuatro veces la estatura de una persona.
   -Como ves, es importante también seguir la intuición, pues de ahí surge la creatividad. Y completar la idea con un estudio matemático riguroso para dar forma al invento. Así fue como descubrí el tornillo sin fin para subir el agua.
   -En mi caso, me quedé sólo con la intuición, sin un estudio matemático, porque me dediqué a escribir acerca de viajes, aventuras, y anticipación. Eso último se refiere a imaginar los progresos que podrían producirse en un próximo siglo.
   -Pues, eso es lo esencial de la creatividad.
   -Por ejemplo, imaginé que el hombre podría algún día ir a la Luna. Y describí cómo lo imaginaba. Y un barco que navega sumergido, y un viaje al centro del planeta.
   -A propósito de barco, recuerdo que una vez el rey quiso construir un barco más grande que cualquier otro. Tanto, tanto, que. . . en la botadura encalló. Me pidió ayuda, una vez más. Con poleas y palancas logré reflotar la nave.
   -¡Bien! Pero, ya que te estaba hablando de imaginar futuro, hay algo que no me dejó en paz, en toda mi vida.
   -¿Qué fue?
   -Con esto de la telegrafía, no pude dejar de visualizar un progreso enorme que tendrá que darse en las comunicaciones. Llegué a imaginar una red telegráfica que abarcará todo el mundo. Disminuirá la cantidad de cartas escritas en papel; los negocios se tratarán a distancia.
   -Para mí, eso es un vuelo muy loco, pero..., ¿por qué no te dejó en paz?
   -El libro en que puse eso... no me lo quisieron publicar. Eso sí, no por lo loco del vuelo, sino por otro motivo.
   -Algún motivo habrán tenido en consideración.
   -Entre los muchos progresos urbanos que puse ahí, a esas alturas de mi vuelo, imaginé también algunas cosas muy pesimistas en la manera de vivir de la sociedad. Todo ese progreso no llevó a mi personaje hacia la felicidad, como había ocurrido con mis otros personajes, de libros anteriores.
   -Ya veo. Lo que tú estabas enseñando en ese libro no era lo que la gente quería aprender.
   -Pero, era lo que yo estaba en condiciones de proporcionar.
   -Así es la enseñanza. Yo escribí varias obras relacionadas con Geometría, enseñando cómo calcular, por ejemplo, el volumen de una esfera, o lo que ocurre con las líneas curvas que resultan de la intersección de un plano con un manto cónico. Los estudiantes de aquella época estaban muy interesados en eso.
   -¿Te gustaba enseñar?
   -Sí. Y a ti también. No lo dudes.
   -De veras. No sólo en un aula se puede enseñar.
   -Cierto. Durante el asedio de los romanos a la ciudad de Siracusa, construí un sistema de espejos con capacidad para incendiar las naves romanas, usando el calor del sol.
   -¿Eso era como entrar a la Política?
   -Probablemente, un poco, pero lo planteé en forma muy lúdica, y al final resultó ser un método de defensa bastante pacífico.
   -¿Pacífico? ¿Quemar naves?
   -No se quemó ninguna nave. Éstas optaron por escapar a tiempo, antes de entrar en ignición.
   -Más vale así. Yo también me interesé por la Política en mis últimos años. Pero, no me tocó guerra, menos mal.
   -Igual, ¿te habrán agredido alguna vez?
   -Sí, pero no en la política. Una vez un enfermo mental, que era hijo de Paul, me disparó en una pierna. A raíz de eso, hubo que internarlo.
   -Tuviste más suerte que yo.
   -¿Acaso te agredieron mortalmente?
   -Sí. Un soldado romano me estaba molestando mientras yo dibujaba diagramas matemáticos en la arena. Hasta me los borró con el pie. Me indigné y lo increpé. Es lo último que recuerdo de mi vida.
   -Así fue como te viniste a este lugar.
   -Se llama Hades. No lo olvides.
   -En cambio, yo morí de enfermedad.
   -Ya podemos decir que nos conocemos.
   -Seguiremos conversando mañana.
   -Hasta mañana.
   -Hasta mañana.