ARISTODEMO                    Un lugar literario
Diálogos insondables         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Ayuda póstuma

   -¡Hola! Te veo muy ensimismada.
   -¿Quién es usted...?
   -Mi nombre es Sigmund. Pero..., ¿qué importa eso?
   -Bueno, pues yo soy Alfonsina.
   -Cuéntame qué te pasa. Creo que puedo hacer algo por ti.
   -Lo que me pasa es que no he podido sacarme de la cabeza las imágenes de lo último que viví.
   -Ya veo... Fue intenso, ¿eh?
   -Yo estaba totalmente terminada, pero seguía ahí dentro de mi cuerpo.
   -¿No te gustaba tu cuerpo?
   -Me gustó mucho, sólo hasta que..., al final..., se enfermó gravemente.
   -¿No había posibilidad de curación?
   -Ninguna. Decidí venirme a este otro ámbito, pasando a través del mar.
   -¿Y dejaste todo ordenado antes de venirte?
   -Mi hijo ya está grande..., se las puede arreglar. No creo que yo le haya hecho muy bien.
   -Ahí estás tocando otro problema diferente.
   -¿Cuál?
   -Tenías una baja autoestima. ¿De cuándo crees que te vino eso?
   -De niña chica, supongo.
   -Háblame de tu infancia.
   -Nací en Suiza, pero al poco tiempo nos trasladamos a Argentina. De ahí eran mis padres. Pasaban muchas dificultades económicas.
   -Sigue. Te estoy escuchando.
   -Desde pequeña me acostumbré a sobrevivir. Muy pronto tuve que ponerme a trabajar. Como mesera en un restorán familiar.
   -¿Y después?
   -Intenté ser actriz. Y también maestra en una escuelita de campo.
   -Ésas son dos cosas muy distintas..., ¿verdad?
   -Sí. Buscaba mi vida en distintas partes.
   -¿Y encontraste algo?
   -Creo que finalmente me encontré como escritora de poesías.
   -¿Por ahí dabas cauce a tu melancolía?
   -Supongo que sí. Le canté a la vida y a la muerte.
   -Hay instancias reprimidas que a uno le hacen daño. Necesitas hacerlas concientes.
   -Justamente, es lo que trato de hacer... Por eso me viste tan abstraída.
   -Me hablaste de un hijo... ¿Puedes hablarme de tus amores?
   -Fui madre soltera. Nunca pude establecer una relación sólida con el padre de mi hijo.
   -¿Amabas a otro hombre?
   -En ese momento, no.
   -Y después?
   -Mucho después. Tuve una amistad linda con un escritor uruguayo. Me habría gustado amarlo, pero..., él estaba enamorado de otra mujer, su amor imposible.
   -Por lo menos, ¿ha sido una amistad duradera?
   -No tanto. Terminó abruptamente. Él se suicidó.
   -¿Qué puede haberlo llevado a eso?
   -Él tenía un doloroso cáncer terminal.
   -Viviste muchas tristezas. ¿Sabes? Mi vida tuvo muchos aspectos parecidos a la tuya.
   -Ya. Ahora tú me cuentas.
   -Tuve cáncer en el paladar y en la mandíbula. Me operaron varias veces y hubo complicaciones. Viví con fuertes dolores y tuve que usar una incómoda prótesis bucal.
   -¡Qué sufrimiento! ¿Tenías alguien que te cuidara?
   -Mi esposa. Fue una gran mujer, nieta de un rabino.
   -Eso es una gran suerte.
   -Por ella y por mis hijos decidí refugiarme en Londres, antes de la segunda guerra. Yo sabía que me quedaba poca vida.
   -¿Y...? ¿Me empiezas a contar desde el principio?
   -Bueno. Tuve una infancia pobre, y eso me marcó mucho.
   -Sí. ahora veo la similitud conmigo.
   -Pero..., es que mi infancia fue extraña. Mi padre era muy mayor. Yo tenía hermanastros de la misma edad que mi madre.
   -Bueno, no es tan insólito.
   -A pesar de todo, llegué a ser médico. Siempre había querido dedicarme a la investigación biológica. Pero, las dificultades económicas me sacaron de ese camino.
   -¿Y a qué te dedicaste entonces?
   -Abrí una consulta como neuropatólogo.
   -¿Qué es eso?
   -Bueno, tenía que atender a personas con problemas en el sistema nervioso.
   -Yo podría haberte consultado.
   -Ahora lo estás haciendo.
   -Fue una bendición haberme encontrado contigo.
   -Y paso por aquí todos los días.
   -Seguiremos conversando, entonces.
   -Así es. ¡Hasta mañana!