Habiendo venido el ocaso
me pongo a escribir una historia,
distinta al estilo avezado;
será en paz en vez de discordia.
No son combates ni contiendas
lo que pretendo encontrar,
sino admirables finas perlas
que algún día iluminarán.
Soy un buscador de añoranzas
transparentes como un cristal,
sumergidas en nubes blancas,
pequeños mundos de verdad.
Mis preguntas están conmigo
dando vueltas alrededor,
formando cúmulos o cirros,
pidiendo al árbol su opinión.
Escucho la historia del árbol
puesta en su corteza perenne;
y a los pajaritos cantando
la alegría de su presente.
Oigo a la amiga sensación
debajo de la oscuridad,
nace victorioso el color
desde la oculta claridad.
Y cuando comienza mi actuar
no puedo seguir en butaca,
voy a un ignorado lugar,
llevando brújula y el mapa.
Quisiera saber cómo ha sido
aquello que recuerdo apenas
son escenarios escondidos
entre las luces y tinieblas.
Espero encontrar algún rastro
en la bocina de los trenes
y en la voz de los campanarios
cuando están llamando a la gente.
Durante la remota infancia
busqué algún marco verdadero;
la iglesia griega en la otra cuadra
desbordando nubes de incienso;
Decido atender los mensajes
ocultos en miles de nubes;
la música envía las llaves
de abrir unos viejos baúles.
El estilo que tiene el pueblo,
y también su modo de ser
está grabado en sus paseos
y en la antigua estación del tren.
De las bellezas el sendero
tiene su música bemol,
con hojas secas en el suelo,
y bonita puesta de sol.
Las vías están ahí mismo,
en algunas hay más viajeros;
avanzo por muchos caminos,
todos ellos al mismo tiempo.
La primera casa del pueblo,
tan bella como descuidada,
triste soledad padeciendo,
pide a gritos ser visitada.
Al ver la puerta me asombré,
fue mi casa en tiempos antiguos;
subí a un oscuro nivel
en peldaños entristecidos.
Todo era lleno de tristeza,
desde la escala a los pasillos,
las habitaciones desiertas,
anaquel de libros antiguos.
Leer y escribir
No quise estudiar utensilios,
ni las piedras ni los caudales;
opté por campos nunca vistos,
con radio viviente en el aire.
Son estos campos un trayecto,
la vía de las figuras tenues,
imanes que nos llevan lejos
en veloces instantes breves.
También recibo los mensajes
que con levedad me susurran,
provienen de bellos lugares
para gritar desde la altura.
Algunas personas declaran
que si no lo vieron no existe;
es una moción muy liviana,
yo quiero explorar lo invisible.
Tendré una mirada profunda
con los ojos de bellas hadas,
descubriendo verdad oculta
lejos de la sapiencia vana.
Me dirijo a la biblioteca,
la del saber universal;
el mago Melchor me aconseja
en cual estante he de buscar.
El libro sobre mi persona
tiene sus páginas vacías,
que se presentan misteriosas,
contienen mágicas semillas.
Perpetuas creaciones se encuentran
dentro de sometidas cajas
bajo las elegantes mesas,
no queriendo ser olvidadas.
Amo un libro cuando lo leo,
mirando en cada personaje
como si ellos fueran espejos,
para así poder encontrarme.
Escribo de mis personajes,
así los doy a conocer,
quiero que puedan expresarse,
y conocerlos yo también.
Permito que hable mi caballo,
y el lápiz diga lo que piensa;
también yo mismo estaré hablando
en rol de estante o de una mesa.
Por largo tiempo busqué el libro
que siempre había querido leer;
encontré que aún no ha sido escrito;
entonces, yo lo escribiré.
Llevo mis ojos a la cima
de cada dominante cerro,
también la pequeña colina
en que se esconde el monasterio.
Mientras subo con mi plegaria,
vibro con los cantos antiguos
que todavía se desplazan
entre los olmos del camino.
Sublimes sueños me presentan
personas de túnicas blancas;
vienen a tocar a mi puerta,
ponen sus mensajes en casa.
De tanto empezar el sendero,
demasiado lejos de todo,
he malogrado mucho tiempo
en lugares que no conozco.
Si el reloj está muy extraño,
simulando ser lo que no es,
o si salta hora en breve lapso,
asumo que sueño otra vez.
El tiempo relativo
En improvisado velero
Por lunas del lago venía
para conocer sus secretos
desde el agua llega la vida.
Lindos y breves arreboles,
de preciosa manera anuncian
con sus gestos y sus colores,
que se viene la noche oscura.
En la fiel biblioteca viva
del bazar de los locos sueños
leo páginas de mi vida;
en estantes se guarda el tiempo.
Nunca olvido ciertas vivencias
aunque hubieran sido triviales,
son tenaces y siempre intentan
entregarme un vivo mensaje.
Escenas antiguas que hoy vivo,
tienen vigor en mis recuerdos,
como cartas de medio siglo
que recién llegan, justo a tiempo.
En cada empedrado sendero,
el principio y el buen final
enlazan su infinito tiempo
como un eterno regresar.
Lo que en el Futuro comienza,
pasa el Presente muy ligero,
y después de mucho, se queda
junto a los pasados recuerdos.
En breve y fugaz recorrido
mirando feliz la ventana;
me fue dado ser acogido
en mi antiguo barrio de infancia.
A mi yo niño pude hablarle,
le di las gracias por su actuar,
consiguió contento empinarme
entre tanta dificultad.
Casi recuerdo haber estado
en distinta escala de tiempo
con niños tenues conversando
de lo esencial que llevo dentro.
En presencia de niños leves
miré en revisión de mi vida,
en grato universo celeste,
después de mis últimos días.
Desde qué remoto lugar
salí en un día muy distante,
y he venido al mundo real
tan distinto y tan arrogante.
En la historia busco y encuentro
algún personaje perenne;
miro en ese mágico espejo,
descubro mi actitud pendiente.
Agradecí al samaritano,
conversé con el sembrador;
y al gran banquete me invitaron,
la cena del reino de Dios.
Dediqué mi vida a sembrar
y aprender a mirar lo eterno,
buscar el vivo manantial
queriendo escuchar el silencio.
Un día veré lo invisible
y antes sentiré su presencia,
dejando que pueda estar libre
la fuente de la vida plena.
Y así concluye esta memoria
destinada a ser inconclusa;
si bien se completa una historia,
no terminará la aventura.